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Published on octubre 27th, 2019 | by editor

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Los Displicentes y el Nuevo Escenario Político

Por Mario Sobarzo, académico y miembro de OPECH

Mientras los gritos aún no se apagan y la rabia del pueblo chileno trata de ser capitalizada por los mismos que la generaron, una de las cosas más sorprendentes que hasta aquí ha dejado la movilización social de la última semana, es el oportunismo.

Oportunismo político, oportunismo mediático, oportunismo empresarial, oportunismo académico, en fin, un oportunismo que como amalgama ideológica unifica a los distintos grupos con poder en la sociedad chilena. Desde el o la pinochetista que ve una luz de esperanza, hasta la ex asesora de la fallida campaña de Ricardo Lagos que señala que nadie podía anticipar la crisis social que se inició el 18 de octubre. Desde el Rector, que como un mantra repite que la gente no está cansada de la desigualdad, sino que es sólo la molestia con la modernización, hasta el propio Sebastián Piñera, quien consideró la marcha de mas de 1 millón de personas como un espaldarazo a su agenda política. Una larga lista de oportunistas que después de minimizar, criminalizar y cuestionar las movilizaciones, hoy aparecen como sus intérpretes más validados.

Es por ello, que trataré de exponer algunas líneas analíticas que por los últimos días no he observado en esos oportunos textos y columnas que he leído. Estas ideas van desde lo macro hasta pequeñas consideraciones que no pueden ser obviadas, si queremos encontrar una salida política al dilema en que nos metió la casta más inepta que hayamos conocido en Chile, desde los inicios del siglo XX. No es casual que los apellidos de los actuales incompetentes sean muchas veces los mismos de los que generaron la crisis que obligó a la democratización en aquella época (1910 en adelante), y que fue brutalmente terminada por la dictadura de Pinochet y sus secuaces.

Lo primero que llama la atención a cualquiera que observa el devenir de las movilizaciones sociales y las respuestas dadas desde el poder, es el interés en despolitizarlas. La cantinela ha sido expresada por actores de la antigua Nueva Mayoría tanto como por integrantes del actual gobierno y su coalición. Bajo la apelación a una supuesta transversalidad de posturas y malestares, intentan esconder su propia responsabilidad en el descalabro de la democracia tutelada que nació de los acuerdos de transición entre Pinochet y los jerarcas de la Concertación. Sólo ellos estarían interpretando políticamente el conflicto, la gente que sale a protestar no sabría contra qué se rebela, expresando un desconocimiento acerca de su propia realidad.

La estrategia no es nueva y, más aún, es necesaria para deslindar responsabilidades sobre la propia incapacidad política de un grupo con vínculos de sangre, escuela y cama. Si el descontento social no es político, entonces los actuales representantes pueden resolverlo. Eso es lo que quienes ocupan cargos de poder político, empresarial, judicial, militar, académico, quisieran que creyéramos, pues sería su salvoconducto para seguir ocupando los puestos de poder y el rol de exegetas de las representaciones y expresiones de la sociedad. Sin embargo, la voz de la calle es muy clara, es un rechazo transversal a esta exacta forma de hacer política o más bien, de no hacerla. Los que no han hecho política son la actual casta que gobierna Chile, quienes sólo han resuelto los conflictos sociales mediante triquiñuelas, colusiones, acuerdos en la cocina, entre muchas otras formas propias de la mafia, que nunca serán política. Por el contrario, las asambleas barriales, los infinitos caceroleos al amparo de fogatas, las marchas que se multiplican por todos los territorios, son un deseo de política, expresan la manifestación más pura de lo que significa la palabra democracia desde sus orígenes: poder directo y todos los mecanismos necesarios para que él no sea capturado por las distintas expresiones de la élite.

Se tiende a olvidar que el nacimiento de la democracia tuvo que ver con las profundas contradicciones sociales que atenazaban a la sociedad ateniense y que podían alcanzar monstruosidades como la esclavitud por deudas. Así, también, en el actual Chile miles de jóvenes cargan con el pesado yugo del Crédito con Aval del Estado que apenas les deja tiempo para dormir, alimentarse y compartir escasos momentos con sus seres queridos. Sin embargo, fue porque el conflicto era social que, los griegos, entendieron que su solución no podía ser sólo una distribución económica o social. Una solución de ese tipo, algo semejante a lo que el actual presidente de Chile propone como agenda social, está condenada al fracaso. La inmensa mayoría de las chilenas y chilenos lo saben y así lo han señalado en las distintas encuestas que han aparecido por estos días. Si no existe distribución del poder político, la cristalización inherente a los lugares sociales que ocupamos, se mantendrá incólume. Sin redistribución del poder, quienes tienen más riqueza, contratarán nuevos administradores políticos, sin ceder ni un ápice de sus privilegios. Por ello, es que transversalmente las movilizaciones han tendido a estar enfocadas en la necesidad de una nueva Constitución, pero no producida mediante el régimen institucional existente, donde los mismos incompetentes de hoy son los que concentran el poder, sino mediante una Asamblea Constituyente. Nada menos puede aceptarse.

En segundo lugar, lejos lo más difícil de lo que se viene, será desmontar la infinita cantidad de intersticios donde la estructuración del poder descrita se ha hecho fuerte. Sin afán de agotar la descripción de ellos, aquí propongo algunos que no pueden ser olvidados y que, más aún, son urgentes.

Suponer que es posible que haya justicia a los crímenes y delitos de estos días, con Abbott de fiscal nacional, es un chiste.

Creer que los delitos y crímenes cometidos por las fuerzas armadas y de seguridad recién fueron aprendidos, es una ingenuidad. Todo lo que por estos días nos horroriza del comportamiento de militares y policías, lo han practicado ininterrumpidamente desde el fin de la dictadura. La masacre de 46 conscriptos en Antuco, las torturas a los “clase”, el gatillo fácil, la violencia sexual, han existido en nuestras fuerzas armadas y de orden porque estaban amparadas por la misma casta política incompetente que gobierna en connivencia desde el año 1990. Es el momento de no tolerar más esto, haciendo efectiva la responsabilidad del mando en cada uno de los lugares donde hubo violaciones a los DDHH. También, es la coyuntura para disolver el sistema de castas (traído del sistema militar prusiano) al interior de la formación militar, pues permite una oficialidad constituida por señores feudales y una suboficialidad y soldadesca casi al nivel de la servidumbre. Mientras este sistema de formación decimonónico no sea erradicado de raíz, los y las jóvenes pobres serán la primera escuela de las violaciones a los DDHH.

Imaginar que será posible desmontar el sistema de colusiones y evasiones tributarias que benefician a las grandes fortunas del país, sin sacar al actual director del Servicio de Impuestos Internos, es una ridiculez.

Soñar con que es posible reformar el orden político con congresistas corruptos, es una idiotez.

Sin un fiscal nacional intachable, no será posible esperar justicia. Las fuerzas armadas y de orden tienen que ser intervenidas y depuradas de todo comportamiento que atente contra los derechos humanos. En esto no se puede ser tibios ni echarle la culpa a individuos aislados: estas fuerzas practican la violación a los derechos humanos en forma sistemática, constante y con garantías de impunidad. De nada sirven cursos de derechos humanos, cuando las prácticas que se toleran son opuestas a ellos. No se puede esperar que exista una verdadera distribución económica si el director del Servicio de Impuestos Internos es el niño de los mandados de quienes corrompieron el Congreso. Todos y todas las congresistas que recibieron dinero de Soquimich, Penta, o cualquier empresa, tienen que salir de la política.

La verdadera democratización sólo será posible, si, al mismo tiempo que destruimos la constitución de Pinochet y Lagos, desarticulamos los cientos de lugares donde la corrupción de esa institucionalidad se hizo carne. Esta será una lucha de largo plazo, pero sin ella, probablemente, en 100 años más y frente a una nueva crisis institucional, la élite de ese momento llamará como gurú al rector de una universidad con nombre Jaime Guzmán. Eso significará que hoy hemos fracasado.

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