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Published on marzo 10th, 2017 | by editor

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Los impactos de la Jornada Escolar Completa a 20 años de su implementación

Texto de Francisca Palma

Publicado originalmente en web Universidad de Chile

Mejorar la calidad y corregir las desigualdades existentes en materia educativa. Esos fueron algunos de los puntos que planteó el por entonces presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle cuando el 21 de mayo de 1996 se refirió a la nueva política educativa que entraría en vigencia: la Jornada Escolar Completa (JEC).

La Ley 19.532 creó la JEC y con ello cambió el régimen horario de los estudiantes chilenos que pasaron a una jornada extendida en la cual deberían desarrollar actividades complementarias –como talleres deportivos y artísticos- en miras a una formación integral. Cambio que repercutió en toda la comunidad educativa, incluyendo profesores y apoderados: la permanencía en la escuela es de 1.140 horas al año, un 35 por ciento más que el promedio de los países de la OCDE.

A 20 años del comienzo de esta medida, que gradualmente fue implementándose en los establecimientos del país, expertos en educación de la U. de Chile coinciden en los avances en materia de infraestructura, pero también en el escaso progreso en materia académica en proporción a la inversión que la JEC implicó y su tiempo de desarrollo.

Si bien no existen tantos trabajos de investigación del impacto de la JEC en el aprendizaje, como explicó Juan Pablo Valenzuela, del Centro de Investigación Avanzada en Educación (CIAE), “los que se han realizado dan cuenta que ésta tuvo un efecto más bien reducido en los aprendizajes vinculados al puntaje Simce, que equivalen a unos dos puntos en lenguaje y matemáticas”.

Esto está relacionado, como planteó la académica Zulema Serrano, del Departamento de Estudios Pedagógicos de la Facultad de Filosofía y Humanidades (DEP), con que “una cosa es la extensión del tiempo, y otra es la calidad del aprovechamiento de éstos”, dado que esta reforma, en palabras del profesor Valenzuela, “no fue acompañada de un incremento de las horas no lectivas para los profesores, para que revisaran y planificaran las clases y trabajos, generaran instancias de trabajo colaborativo y para fortalecer comunidades de aprendizaje”; situación que repercute en que los docentes “prácticamente tienen una nula posibilidad de realizar un trabajo pedagógico distinto e innovador, como se planteaba la JEC”, y con ello en el progreso de la formación integral.

JEC en un contexto competitivo

La JEC vino de la mano con un instrumento de medición: la prueba Simce que se aplica desde 1997 a estudiantes de 4° y 8° básico y de 2° medio.

Para Jesús Redondo, investigador del Observatorio de Políticas Educativas de la Facultad de Ciencias Sociales (OPECH), en la medida que la JEC ha estado mezclada con un modelo de evaluación estandarizado tipo Simce, el aumento de tiempo escolar “ha sido para horas de matemáticas y de lenguaje, principalmente, en detrimento de otras experiencias educativas. Entonces, ha habido más de lo mismo con lo cual la gente está más cansada -tanto los profesores como los estudiantes-, y eso ha conspirado con el propio éxito que hubiera tenido más tiempo escolar”.

En esa línea, Serrano explicó que el Simce condiciona el curriculum y el trabajo pedagógico de los docentes, ya que “tienden a realizar un trabajo que va muy en relación a cómo el estudiante debe rendir este tipo de pruebas”.

Pero la crítica va más allá. Como comentó Rodrigo Cornejo, director del OPECH, “lamentablemente la extensión de la jornada se da en un contexto de mercado”, dado que “estamos en un contexto único en el mundo, de mercado de competencias y de estandarización educativa. No hay ningún país en el mundo que tenga seis pruebas Simce en la vida escolar, entonces, la exigencia por subir los puntajes -porque si subo Simce podría tener más matrícula-, se entendió muy a corto plazo, de manera muy mecánica y se entendió que en esas horas disponibles lo que había que hacer eran ensayos para preparar esa prueba, lo que es una pésima medida educativa”.

Hacia dónde avanzar

A pesar de estos problemas, los expertos coinciden en que es posible avanzar en el mejoramiento educativo, considerando además la dificultad de que cambie el tipo de jornada. De partida, advierte Cornejo, “lo que sí se podría pensar es avanzar hacia cómo –y para ello se requiere una comunidad educativa y expertos en ciencias de la educación- vamos dotando de mayor significatividad esas horas extras”. Por ejemplo, se puede considerar la incorporación a la escuela de nuevos profesionales “que puedan trabajar aspectos alternativos a sus dinámicas actuales, para que ahí los profesores tengan tiempo para preparar las clases. Ahí se produciría un doble efecto”, dijo el profesor Redondo.

También, para Cornejo otro elemento es reconocer la voz de las y los estudiantes. “Hoy está demostrado que a niños muy chicos, desde la enseñanza básica, les favorece ir tomando decisiones, ramos, horarios, entonces esa JEC tiene que ser conjunta”, planteó.

Este tema, comentó Serrano, está cruzado por las políticas educativas donde “los docentes que puedan generar prácticas que estén de acuerdo a las necesidades de sus estudiantes y no de requerimientos externos. En ocasiones, el centralismo respecto de las exigencias pedagógicas hace que los docentes solamente actúen como meros reproductores de currículum y de políticas educativas que están orientadas a este mejoramiento específico, vinculada a mediciones estandarizadas, perdiendo esta formación integral que es un elemento que en las actuales políticas se plantean como un discurso”.

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